Ignorando a los nativos digitales

La tecnología nos atraviesa (a sus usuarios) a pesar de cualquier resistencia. Se ha encarnado en nuestro ser, infiltrado en el comportamiento colectivo, modificado las interacciones humanas, acelerado la comunicación, desvanecido (simbólicamente) las barreras geográficas, entre una lista cuasi-infinita que podemos agregar. Admitámoslo, ya no somos los mismos. Desde el momento en que decidimos utilizar un ordenador, una tableta, un teléfono, hemos cambiado como especie, hubo una mutación hacia una especie de ciborg que tiene extensiones tecnológica y virtuales de su ser. Nacimiento del yo-virtual o self-tecnológico.

 

Este cambio es más radical en las generaciones más jóvenes, esas que los expertos han tratado de denominar como Generación-D (por digital), Generación-Net, o en su nombre más común, “Nativos Digitales”.  Desde luego, estas personas han nacido con Internet, han crecido con herramientas interactivas digitales, y sobre todo, han desarrollado otras forma de interactuar y pensarse muy distinta a los modos de educación tradicionales y a las formas de organización arcaicas sin mediación tecnológica. Por ejemplo, algunos autores comentan que los niños y adolescentes ya no memorizan los contenidos, sino que memorizan las rutas de navegación para llegar a las mejores respuestas.

 

Y pese a esto, los adultos no queremos modificar, nos resistimos y tratamos tanto de enseñar a los jóvenes como de organizar cualquier institución desde la pasividad y la planificación cara a cara. Cuestión paradójica, o mejor dicho, incoherente: en el caso de la enseñanza, es improbable que una persona que ha nacido y crecido en un ambiente tecnológico que le permite todo el tiempo estar interactuando, promoviendo lo activo sobre lo pasivo, sentarlo en una clase para que escuche desde la pasividad una cátedra o una exposición; lo más seguro en este ejemplo es que el niño, tarde o temprano, tome su Smartphone, o trate al menos de matar de cualquier forma esa pasividad que lo abruma por no estar acostumbrado.

 

Asimismo, muchas empresas se aferran a su esquema tradicional en el que toda comunicación o decisión importante se logra mediante la interacción cara a cara. Hecho que implica una limitación muy grande en comparación con empresas que utilizan sistemas o gestores de conocimiento, canales online para la comunicación empresarial, tecnología social que permite entender a las tribus online desde las ciencias sociales (clientes digitales), o softwares que organizan los procesos internos y predicen algunos eventos desde la conversión de información a un conocimiento práctico y útil.  

 

Es momento de dejar de pensar que los viejos modelos siempre van a resultar en la educación actual (Coursera es un ejemplo de una migración en la formas de educar) y en la gestión y dirección de las empresas. Aprovechemos la tecnología que ha modificado nuestro comportamiento y pensamiento. Reflexionemos sobre cómo un nuevo aparato transforma las maneras de trabajar de las nuevas generaciones (¿podemos imaginarnos una empresa o una escuela sustentada en Tablets?). Al final, la tecnología es humana (no sólo tecnológica), lo cual implica que la pensemos como un actor más en la sociedad, un acompañante que permite potencializarnos, en fin, un elemento que nos transforma y lo transformamos.

 

 

 

Antropomedia

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