Nosotros en un mundo contingente

El suceso sucede, el acontecimiento acontece; la ocurrencia ocurre; no tenemos un verbo para la contingencia. Propongo usar “continge” para explicar la lógica actual que tiende, casi ocasional o accidentalmente, a disolver y dispersar (Lewkowicz, Pensar sin Estado).

 

Pensemos en una maqueta. En ella, el Estado es el tablero por el cual las instituciones existen o les es posible existir. Una de estas instituciones -que podemos pensarla tan sólo como una pieza del tablero- es el Mercado, la cual, es una especie de laguna inmersa en este continente o base sólida estatal. Empero, de repente una ola neoliberal impacta en el tablero, y en consecuencia, la laguna diminuta comienza a crecer, crecer y crecer, desbordándose hasta que se vuelve incontenible. Acto final, la laguna se convierte en océano, y el Estado queda sumergido en el fondo del Mercado; ha mutado de ser un tablero a una simple y sencilla base-pieza inundada.

 

Moraleja: el Estado ha perdido la capacidad de soberanía (ya no puede proteger al pueblo de las dinámicas globales), y ahora el mercado (junto con su bolsa de valores) es la que determina la calidad y forma de vida de las naciones.

 

Esta extracción metafórica de Lewkowicz y compañía, nos da pie a reflexionar lo que está ocurriendo tanto con el pensamiento y la subjetividad. No es que el Estado haya dejado de existir o cesado objetivamente, sino que ya no es un mega-articulador simbólico. Entonces resulta que, por poner sólo un ejemplo, la figura del ciudadano -ente jurídico con leyes estatales- ha devenido en la del consumidor: ser que depende de los valores del mercado, y existe sólo cuando consume; si no lo hace es expulsado, y esto no necesariamente tiene que ver con que una expulsión territorial, sino más bien de existencia, o dicho con mayor precisión, de existir como persona: un ser reconocido dentro de la lógica del mercado.

 

Expliquemos con mayor detalle: a gran escala el mercado neoliberal ha generado nuevos modos de organización y producción de carácter informacional. Y a pequeña escala, ha creado un esquema de trabajo de producción flexible, y a la vez, constituido un mundo de deseo y consumo, que además controla a los cuerpos configurándolos como máquinas, mercancías, cuentas cibernéticas y registros crediticios.

 

En consecuencia, el ser humano se convierte en un producto individual, conectado, único y reemplazable (si no consumo no existo, y resulta que el consumo es de carácter autónomo e individualista), y del mismo modo, los lazos sociales obedecen a la lógica dispersa y fluida del mundo neoliberal. La existencia tanto de la persona como del lazo social depende de una perseverancia consumista sobre el fondo de una terreno contingente que tiende a disolverlo todo

 

Ahora bien, la respuesta inmediata que podríamos deducir para combatir esto es la generación de comunidad, esto es, el establecimiento y creación de lazos que no estén orientados al consumo: generar espacios de convivencia en donde nos preocupemos por el otro, deliberar que los problemas no son exclusivos de la persona… En fin, hacer social o comunitario este mundo, interesarnos por un nosotros que disuelva el yo posmoderno, globalizado.

 

Sin embargo, aquí una acotación. En esta época contingente, uno no puede salir de la lógica neoliberal así nomás. El nosotros tampoco está exento, no es un lugar al que pertenezcamos, ni tampoco es un conjunto previo que se agrupa, percibe la propiedad común y toma conciencia. Más bien, es el resultado de la contingencia, un espacio al que ingresamos para construirlo. Mejor explicado: nuestro encuentro (la producción del nosotros) no puede ser un momento de encuentro sino un proceso permanente de encontrarnos.

 

Ahora bien, entre charlas casuales por gente preocupada por hacer un nosotros, una vez escuché que sobrevaloramos Internet para lograrlo, ya que hoy toda actividad la queremos digitalizar, como si los hechos ahora ya no los valoráramos si no los traducimos en bits o archivos multimedia. De hecho, este comentario de un colega enfatizaba que existe en este tipo de interacciones locales cierta pretensión por trascender y olvidar al de enfrente, hablándole más a la multitud o masa cibernética que nos sigue (expectadores) que al mismo sujeto con el que entablamos la conversación perfil-perfil.

 

Vueltas y vueltas le di al argumento, y ahora creo entenderlo, o más bien lo interpreté desde un punto de vista de apertura hacia lo online: no se trata que dejemos de usar Internet, sino que valoremos y “estemos” en los espacios de construcción de lazos, que nos impliquemos y disfrutemos  el momento, y sobre todo, que discutamos las ideas sin un espectador o multitud en la cabeza. En una frase: comprometerse con la situación (y las personas implicadas), y no únicamente con la masa de seguidores.

De eso, creo, que se trata “hacer comunidad”: de construir un nosotros (donde esté yo, tú, él) en esta terra incógnita neoliberal, solitaria, fluida y dispersa. De pertenecer y no cambiar el mundo (Fernández en Cuerpos Parlantes, 2014). “De contingit nosotros: pronombre de la alegría, nombre propio de la fiesta y pensamiento al borde de su disolución” (Lewkowicz, 2004); mientras que ellos y yo son los pronombres de la desolación.

 


 

Luis Jaime González Gil

Maestro en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Barcelona y Director de eResearch en Antropomedia 

Email: luisjaime@antropomedia.com

 

 

Referencias

 

Fernández, P. (2014). La Crónica sentimental de la sociedad, un montaje audiovisual de Lirba Cano. ¡PsicoPopFest! primer encontronazo de psicología pop. En cuerpos Parlantes: espacios pensantes (https://cuerpospespacios.wordpress.com/category/cuerpos-parlantes/) Guadalajara.

Lewkowicz, I. (2004). Pensar sin Estado: la subjetividad en la era de la fluidez Buenos Aires: Paidós.

 

 

 

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