La cíber-guerra de los datos

Dentro del nuevo cíber-espacio, o Web 2.0, una guerra ha comenzado desde hace tiempo, pero, dadas sus cualidades textuales y visuales, ya no se trata de un espacio bélico con armas blancas, de fuego, químicas, biológicas, magnéticas o nucleares (en el caso extremo). Lo que impera -o predomina- no es la eliminación del otro, sino la discusión, la negociación de significados y la agresión verbal; total, un conjunto de armas de carácter discursivo, dirigidas casi siempre a buscar/construir una “verdad” que decreta un orden que deslegitima, refuta y elimina la “falsedad del otro”.

 

Pero ¿cómo se construye una verdad? Foucault diría que para reconocer los elementos que participan en la conformación de una verdad, se tendría que mirar o desentrañar la voluntad de verdad de la época, siempre inserta en (y afectada por) un entramado de discursos, prácticas e instituciones, no ajeno a las relaciones de poder/saber. Por tanto, en esta era, hija del proyecto moderno de la Ilustración, en la que las ciencias duras y grises se han conformado como los principales (y a veces únicos) productores de verdades, resulta coherente que la matemática, la estadística y la probabilidad sean las herramientas o disciplinas capaces de descubrir o acercarse más a lo verdadero.

 

De hecho, sólo se tiene que echar un vistazo a las cíber-conversaciones para vislumbrar cómo se recurre a frases tales como “está científicamente comprobado”, “según Discovery Channel” o “fuentes fidedignas me avalan”, cuando una discusión se vuelve una querella tensa o antagónica. Y así, si continua enardecida la disputa, no le queda al enunciante más que colgar artículos científicos que respalden su punto de vista, documentos virtuales que están llenos de estadísticas, números, fórmulas y deducciones algebraicas que, según eso, representan la realidad tal como un espejo, y por consiguiente, deslegitiman el argumento del otro por su falta de comprobación, carácter científico o similitud con la realidad.

 

Ibáñez diría que esto es recurrir al “tribunal de los hechos”. La ciencia, y sus artículos, funcionan deshumanizando sus resultados desde una artimaña textual retórica: “según los datos estadísticos (que son viva imagen de los hechos) se deduce que…”. Por tanto, en el ejemplo anterior, los descubrimientos y resultados citados por el cíber-enunciante, se presentan como el producto directo del fenómeno observado (de los hechos); se desaparece al humano, como si no hubiera ojo que estuviera observando el experimento o elegido la variables a considerar en sus estadísticas.

 

Sin embargo, como bien dice Pablo Fernández, en la época “de los ordenadores cuyo profeta y monopolizador ha resultado ser Bill Gates y su Microsoft (Galaxia de Gates)”, la verdad ya no se consigue sólo pegando artículos científicos, éstos se han prostituido y proliferado al máximo; se encuentran en todas las trincheras de saber. Es decir, si uno pega un artículo con estadísticas para decir que los video-juegos contribuyen a la violencia, el otro también puede colgar otros artículos con datos numéricos que hablen exactamente de lo contrario: los video-juegos no son la causa de la violencia.

 

En este sentido, la verdad en Internet (y fuera de éste) se tambalea, y la época posmoderna, líquida o en continua reconfiguración, de la que hablan tantos teóricos, se instala. Se ha iniciado una guerra de datos contra datos, de artículos contra artículos, de números contra números, y si hay duda sobre las fuentes, de métodos contra métodos, de fuentes contra fuentes que producen un mar ambiguo textual, una confusión para decidir lo que representa la verdad.

 

El monopolio de saber ha mutado, diluido en un lago de datos y estadísticas que lo han desbordado. Ahora se tiene que mirar las nuevas formas de producir verdad desde la deslegitimación de datos: conformación de un círculo de datos privilegiado por su fuente (eldeforma.com aquí no entraría) o dependencia del sujeto enunciante (donde influye su historial académico o profesional para determinar que su elección es más sabia).

 

Por Luis Jaime González Gil

Maestro en Psicología Social por la Universidad Autónoma de Barcelona y Director de eResearch en Antropomedia 

Email: luisjaime@antropomedia.com

 

 

Referencias

  • Fernández , P. (2000). La afectividad colectiva. México: Taurus.
  • Foucault, M. (1973). El orden del discurso. Barcelona: Tusquets.
  • Ibáñez, T. (2001). Municiones para disidentes. Realidad-Verdad-Política. Barcelona: Gedisa.
  • Ibáñez, T. (2005). Contra la dominación: variaciones sobre la salvaje exigencia de libertad que borta del relativismo y de las consonancias entre Castoriadis, Foucault, Rorty y Serres. Barcelona: Gedisa.

 

 



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