Cíber-responsabilidad flotante

En los medios sociales es recurrente ver el siguiente fenómeno: ocurre un hecho desagradable, corrupto o que molesta a nivel colectivo -casi siempre de materia política-, y acto reflejo, es replicado y compartido por los canales de Facebook y Twitter a una velocidad impresionante que ni el propio Gutenberg se hubiera imaginado cuando inventó la imprenta moderna.

 

Todo este cíber-fenómeno ha generado un aire de tranquilidad en muchos: al parecer, gracias al Internet las personas se enteran más de las injusticias o hechos desagradables que acontecen a su alrededor, e incluso algunos sienten que su participación ciudadana es mayor a la de años pasados no cibernéticos, aquellos días en donde se controlaba más la información y la conexión estaba limitada a la interacción cara a cara. Sin embargo, ¿en realidad está cambiando las cosas este cíber-espacio nombrado por muchos como realidad 2.0?

 

Mediante un experimento que realizó para analizar la obediencia a la autoridad, Stanley Milgram demostró que la influencia no tiene nada que ver con el sujeto, no está en sus características innatas, sino en el seno social en el que ocurren las cosas. De tal manera, elementos como el discurso científico, la bata de laboratorio, las gafas, las matemáticas, las estadísticas, los documentos junto con el individuo que emite las ordenes, funcionan como un conjunto –no separable- de variables que producen que una persona tenga la facultad de ordenar, y por consiguiente, lograr que el otro realice una acción, así sea reprobable como los toques de altos voltajes que daban los sujetos inmersos en el experimento que realizó el autor.

 

Con esto, Bauman, viendo el experimento con calma, llegó a la conclusión de que Milgram había descubierto que la crueldad es producida por las relaciones de subordinación y autoridad; pero agregó que este fenómeno devela algo más interesante: la creación de la responsabilidad flotante, en la cual, la organización en su conjunto funciona como un instrumento para eliminar toda responsabilidad.

 

“Se trata de una situación en la cual todos y cada uno de sus miembros trasladan la responsabilidad a otro, en una cadena que no tiene fin y que acaba en un tipo de responsabilidad flotante, de la cual nadie debe nada a nadie” (Feliu, 2004, p. 83)

 

Ahora, ¿qué tienen que ver estos argumentos con los párrafos iniciales? La respuesta está en la misma responsabilidad flotante que habita en los cíber-espacios, aunque parezca que no.

 

Pese a que Internet permita la híper-conexión humana, la responsabilidad sigue flotando. Si bien es cierto que se está más informado y que los medios sociales han permitido elaborar movimientos o marchas con una repercusión que al menos inquieta a los políticos, se sigue trasladando la obligación de actuar a ente abstractos, y por ende, toda la actividad online que muestra y presenta las injusticias se queda “impresa” en las pantallas digitales, sin efecto alguno, más que el de informar.

 

El hecho de dar like o compartir contenido es simplemente una forma de mostrar un interés, pero esto no quiere decir que se esté contribuyendo al cambio. Al final, cuando se tiene que realizar algo, en muchos, el deseo se apaga por atribuirle la obligación a otras personas, o en dado caso, a organismos o instituciones que se caracterizan por no ser nadie, existen sin existir, son personas morales que flotan y surgen de las acciones de un colectivo ¿Quién es Banamex, por ejemplo?

 

En síntesis, los medios sociales son un gran paso para enterarse del mundo en el que uno vive. Pero para dar el otro paso no se necesita simplemente información, sino acción, la cual, está amenazada por las relaciones de poder burocráticas y el fenómeno de la responsabilidad flotante que habita en la mayoría de la población. Es ahí donde se debe poner la atención para producir un cambio en esta era de sobreinformación, no en la promoción de más información.

 

 

Por Antropomedia

Email: exploramos@antropomedia.com

 

Referencias

 

Bauman, Z. (1997). Modernidad y Holocausto. Madrid: Sequitur.

Feliu, J. (2004). Influencia, conformidad y obediencia. En T. Ibáñez (coord.). Introducción a la psicología social. Barcelona: UOC.

 

 

 

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