Twittear: la definición de la identidad en juego

Twitter - Antropomedia

“Me comunico, luego existo” (Gergen, 1996)


Tres pasos para que iniciemos este pequeño escrito. Primero, repasemos nuestro Twitter un rato. Segundo, indaguemos los perfiles de nuestros seguidores. Tercero, miremos un poco los tweets que éstos presentan, es decir, esas frases diminutas, de 140 caracteres, que en muchas ocasiones son fotografías para mostrar algún objeto que por sí mismo imprime un deseo ineludible para exponerse en las redes sociales, no compartirlos significaría atentar contra su naturaleza ya que se crearon para difundirse; en otras, son las rutas cotidianas o unas vacaciones placenteras (“estoy en tal lugar”, “ahora me encuentro en tal estado”, “miren qué hermosa es la laguna tal”, etcétera); y en muchas ocasiones, yo diría en su mayoría, son publicaciones relacionadas al amor, a la superación personal, o a algún comentario que nos incita a despertarnos todas las mañanas, con ese ímpetu juvenil, para mejorar y buscar la felicidad, el trabajo o el amor eterno. Y es aquí donde quiero que pongamos atención.

 

Frases como “todo lo que la mente puede concebir y creer se puede alcanzar” (Napoleón Hill), o “la mejor manera de hacer que tus sueños se hagan realidad es despertar” (Paul Valéry), y mi preferida, “el amor verdadero no tiene final, porque el verdadero amor nunca termina. Dejar ir es una forma de decir te amo”, abundan en los perfiles de Twitter. Los individuos utilizan los medios sociales para publicar de manera prolífera comentarios de superación personal, de amor, de tranquilidad, de fantasía y de muchas otras cosas más que tienen la particularidad de difundirse inmediatamente. La cuestión no es muy compleja: hagamos un juego de palabras, una frase circular, ensimismada, sin rodeos, que no deja ningún asunto pendiente ya que se explica a sí misma en un espacio de ciento cuarenta palabras, y listo, ahora tenemos un tweet que se viralizará de forma impresionante.

 

Pero ¿cuál es el verdadero motivo por el que estos comentarios transcienden en la Web? En las últimas décadas la psicología social se ha dedicado a difuminar la idea de que las personas son entes individuales. En su lugar, propone que hoy en día la identidad es el resultado de un proceso social discursivo y narrativo en el que participan instituciones, personas y símbolos. En palabras más sencillas, la personalidad individual muta en una relacional ya que la construimos a partir de las historias (auto-narraciones) que contamos todos los días (Gergen, 1996). Para considerarnos (y que nos consideren) como personas tranquilas, no sólo debemos actuar presencialmente de forma pasiva (y ya esto es lenguaje), sino que debemos emitir en nuestras narraciones cotidianas, historias vinculadas a actividades que se conciban colectivamente como pacíficas, y esto debe ser aceptado por los demás. Y ni así, incluso puede llegar el caso que en una misma situación seamos tranquilos para algunos y activos para otros. La definición dependerá del contexto discursivo en el que nos encontremos. Tanto lo pasivo como lo activo no significan lo mismo en todas las culturas, grupos y sociedades.

 

Más o menos esto es lo que pasa en Twitter con este tipo de frases. Si la identidad es un ser relacional, inestable, producto de nuestros comentarios biográficos, anécdotas cotidianas y argumentos de los otros, las personas recurren a repetir en demasía los mismos contenidos para construir, tal como una figura geométrica, una identidad fija y definida que esté relacionada a su pasado discursivo (a lo que los demás y ellos han dicho generalmente de su persona). El acto de twittear y retwittear frases de superación personal, románticas y fantasiosas es un intento por reafirmar las ideas que nos otorgan identidad y sentido a nuestra vida colectivamente. Si pensamos que somos buenos empresarios (o por lo menos hacemos el intento de serlo), lo más probable es que redactemos pensamientos que hablen sobre alcanzar las metas y buscar mejorar profesionalmente. Lo que decimos y dicen de nosotros construye nuestro yo relacional, y en este caso, nuestra personalidad corporativa.

 

Necesitamos un orden identitario cibernético para combatir lo que nos da miedo, o mejor dicho, lo que no entendemos: el azar y lo indefinido. Así como el caballero medieval inexistente (Agilulfo) que inventó Calvino (2002), aquél que para existir recurría a prácticas (discursivas) ordenadas y bien definidas para forjarse una identidad, para mantener una segura conciencia de sí mismo, si no se perdería, se difuminaría junto a la hora en que está inseguro de la existencia del mundo, y por ende, de su ser (el limbo incierto). Al final, todo es un juego para delimitar nuestra identidad: las frases de Twitter son  pegajosas y virales porque otorgan y crean un orden que nos ayuda a comprendernos y comprender a los demás.

 

 

 

Luis Jaime González Gil

Email: luisjaime@antropomedia.com

 

 

 

Referencias

Calvino, I. (2002). El caballero inexistente. Madrid: Ediciones Siruela.

 

Gergen, K. (1996). Realidades y Relaciones: Una aproximación al construccionismo social. Barcelona: Paidós.

 

 

 

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