La producción del sujeto: sobre la masacre de Batman

De nuevo Estados Unidos, de nuevo una situación complicada, fúnebre y escandalosa. Estado de estupor: la sangre se ha derramado, las armas se han vuelto a empoderar de la situación a las afueras de Denver, en la ciudad de Aurora. Inmediatamente uno levanta la ceja “¿que mataron a 12 personas en una sala de cine? ¿quién fue?” a lo que el interlocutor sobrio y seguro, con toda la legitimación de un discurso médico detrás y todo el mecanismo legal posterior por delante, contesta: “un gringo loco”. James Holmes, de 24 años, quien antes del terrible acto que cometió era un estudiante de posgrado en neurología, ahora es convertido en un loco; imposición retroactiva: quizá siempre lo estuvo.


Se trata de buscar causas a los efectos, de ligar A con B; en definitiva “mostrar, cómo el individuo se parecía ya a su crimen antes de haberlo cometido” (Foucault, 1999, p. 32). Esto se traduce a conductas anormales, que si bien no caen en el marco de la ilegalidad, son vistas bajo la óptica de la moral y la psiquiatría. Recordemos la masacre en Columbine, en el mismo estado de Colorado, trece años antes donde dos estudiantes de último año abrieron fuego contra sus compañeros, causando la muerte de 13 jóvenes. Las causas que se le atribuyeron a aquel acto fueron principalmente de talante psicologista, es decir, concentradas en los individuos en cuestión más que en situaciones externas y estructuras sociales que empujan a la acción; aquellos jóvenes, víctimas de bullying, uno con cuadro psicópata otro depresivo, complejos de superioridad, etc.; y aún más preocupante, varias causas fueron atribuídas a video juegos como Doom y grupos musicales como Rammstein y Marilyn Manson que los asesinos jugaban y escuchaban.


Esta manera de darle sentido a los actos no está exenta de riesgos, porque puede llevar, por ejemplo, a que como medida preventiva se prohiba a la gente ir disfrazada de personajes de Batman al cine o que los jóvenes dejen de escuchar a Marilyn Manson. Sucede en estos casos algo que a veces llaman un deux ex machina: para darle solución a un problema, aparentemente indescifrable (¿por qué lo hizo?), se traen a la luz de manera abrupta otros objetos y se les atribuye una conexión que no es del todo lógica ni observable. Por ejemplo que el joven Holmes era fanático del ‘Guasón’, que acudía a tratamiento con una psiquiatra o incluso que la saga de Batman es una historia cargada de violencia a mano de villanos magníficamente construidos (Ra’s al Ghul con su filosofía retorcida de justicia, the Joker como agente del caos que sólo quiere ver el mundo arder, Bane autopronunciado como Gotham’s reckoning). Evidentemente estos eventos no son determinantes en el caso de sentenciar al asesino, pero no es de importancia menor el hecho de que se vuelvan de pronto relevantes, siempre a posteriori, como si las películas, los videojuegos y las canciones produjeran un efecto monstruoso en las personas.


Sin embargo, analicemos a profundidad este acto dejando a un lado nuestra forma tradicional de observar las acciones, es decir, como si el acto describiera a la persona en su totalidad, al grado que el verbo suplanta al sujeto eliminándolo de la oración radicalmente. La acción no es igual al individuo, forma parte, pero no es su absoluto. Los procesos de construcción de la subjetividad son mucho más complejos que la simple vinculación de las acciones con los actores. De modo que uno no es estudiante, más bien estudia psicología, y de la misma manera uno no es delincuente, hace delincuencia.  

 

Ya Foucault, allá en 1973, había mencionado que la separación locura/razón es un principio de exclusión del discurso. De ahí que pensar que el acto es producto de la locura es desviar la atención a un espacio misterioso, un lugar que el DSM (y todas sus versiones) no ha podido definir del todo. En este sentido, el discurso no es una frase, no es una proposición, ni una unidad, sino una función regulatoria, y en este caso, una formación discursiva que crea un objeto -el loco- para explicar a Holmes, construye una posición médica para juzgarlo y entender su situación -el psiquiatra-, y edifica un conjunto de subordinación de enunciados para legitimar la sentencia del juez (Foucault, 2008). Al final, si lo pensamos así, Holmes no es ni será un loco o un cuerdo, sino el producto de una subjetivación discursiva que lo definirá en la corte.


Entonces ¿cómo abordar esta tragedia? Desde la perspectiva que aquí se aborda parece lógico alejarnos del juego de culpas al más puro estilo de causa-efecto y pensar más bien en sistemas articulados que pueden producir ciertas situaciones y sujetos. Un ejemplo: las armas que Holmes utilizó en la matanza fueron todas compradas legalmente -según NBCnews-, asunto que no parece extraño en Estados Unidos; la laxitud respecto a las políticas de portación de armas es un tema que no puede ser tomado a la ligera, esto trae consigo una cultura en donde la relación de la gente con las armas es muy sui generis: la pistola como objeto simbólico y material debe ser replanteada, pero antes que nada, debe ser tomada en cuenta como parte central en los discursos que hablan tanto de los crímenes como de los criminales. Esto evitará caer en la trampa retórica de la frase “las armas no matan a la gente, la gente mata a la gente”.


El objetivo de este escrito no es eximir de culpa al individuo, decir que todos somos víctimas de nuestras circunstancias y por lo tanto no somos enteramente responsables de nuestros actos, no. Más bien, explicitar que todo acto se lleva a cabo en un contexto sociocultural del que forma parte y los discursos que producen a ciertos sujetos, como el loco o el asesino, participan de igual manera -producen y son producidos por la situación histórica en la que surgen.

 

 

 

Luis Jaime González Gil

Email: luisjaime@antropomedia.com

 

Ricardo Quirarte

Maestro en Psicología Social

Email: ricardoquir@hotmail.com

 

 

 

 

Referencias

Foucault, M. (1973). El orden del discurso. Barcelona: Tusquets.

 

Foucault, M. (1999). Los anormales. Argentina: FCE

 

Foucault, M. (2008). La arqueología del saber. Madrid: Siglo XXI. 

 

 

 

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