El orden del discurso (Parte II)

Si retomamos el escrito anterior, está claro que para Foucault existen ciertos principios externos que funcionan como sistemas de exclusión y delimitación del discurso. La palabra prohibida, la separación locura/razón y la voluntad de verdad ejercen un cierto control en lo que se dice, cada uno regula las regiones discursivas mediante prohibiciones y separaciones dicotómicas (loco/razón y verdad/falsedad). Sin embargo, el orden del discurso es más complejo: además de este primer grupo que tiene por función limitar los poderes discursivos, evidentemente cohabitan otros procedimientos que dominan las apariciones aleatorias, y por otro lado, seleccionan a los sujetos que pueden hablar (véanse estos últimos en la parte III).


Con respecto al segundo grupo, Foucault argumenta que existen tres principios de coacción internos, como si los discursos -por sí mismos- establecieran su propio control al tratar de dominar el acontecimiento y el azar. De ahí que el comentario, el autor y la disciplina se constituyen como mecanismos de clasificación, de ordenación, de distribución, y no tanto de sumisión y exclusión (Foucault, 1973).


El primero de ellos, el “comentario”, se encarga de limitar el azar por medio del juego de una identidad que toma la forma de la repetición y lo mismo: su lógica permite decir otra cosa aparte del texto mismo, siempre y cuando sea ese texto el que se diga. Expliquemos de mejor manera: durante la historia de las sociedades ha existido una regulación entre dos tipos de comentarios, los que perduran en el tiempo (textos religiosos, jurídicos, entre otros), y los cotidianos, ésos que se pierden al transcurrir los días, en el acto mismo. Es en la relación entre ambos tipos de comentarios (desfase) donde surge la novedad. Paradoja discursiva: se dice por primera vez aquello que sin embargo ya ha sido dicho (Foucault, 1973). Aunque cabe resaltar que esto no es un imperativo ni un absoluto, a veces bastantes textos que perduran en el tiempo se desvanecen y otros comentarios cotidianos toman su lugar.

 

El “autor”, considerado no como el sujeto que escribe un texto, sino como principio de agrupación discursiva, limita el azar por el juego de una identidad creado desde la individualidad y el yo. En pocas palabras, podemos decir que utiliza una referencia (creador, nombre, paradigma) para darle veracidad e interpretación al discurso: resulta más sencillo identificar los límites de cualquier discurso si lo pintamos con una cara o un personaje familiar que nos ayude a comprenderlo. Sin embargo, su manera de intervenir no es permanente ya que es susceptible a los elementos históricos. Por ejemplo, según Foucault, en la Edad Media el autor jugaba un papel importante en la constitución del discurso. En cambio, ahora el autor apenas es relevante, sólo se utiliza de vez en cuando para nombrar una teoría (Ley de Newton). Incluso, si lo pensamos, en los textos científicos no aparece el científico, sólo los hechos. Los que trabajan en los laboratorios se esconden redactando en tercera persona (“las pruebas muestran que el cáncer tipo A es curable en caso de que sea detectado a tiempo”). Al final, los científicos y los individuos involucrados no se revelan en el reporte final, se desvanecen como si no hubiesen participado en el experimento.


Por último, la “disciplina” fija sus límites por una reactualización permanente de las reglas. Para que algo sea verdadero o falso primero tiene que entrar en una serie de requerimientos disciplinarios (plan de objetos, instrumentos conceptuales, horizonte teórico); si no los cumple, está fuera del discurso comprendido, es un monstruo discursivo, tal como Mendel en su época. Sin embargo, vale decir que este principio funciona a la inversa respecto a los otros dos: se opone al autor porque se define por un sistema anónimo (reglas, objetos, procedimientos); y a diferencia del comentario, éste no busca un sentido que debe ser descubierto de nuevo, más bien es lo que se requiere para la construcción de nuevos enunciados, así como un marco que acepta y niega la entrada a las proposiciones.


En suma, los tres principios funcionan coactivamente al regular la dimensión en donde impera el azar. Sin embargo, tenemos que dejar algo bien claro: lo que reina no es ni lo concreto ni lo azaroso, en el acontecer siempre se está jugando en ambas lógicas. El autor, el comentario y la disciplina no construyen discursos cerrados o azarosos de manera definitiva, son sólo parte de un proceso dinámico en la que ambas dimensiones se inmiscuyen, interponen e intervienen.

 

 


Luis Jaime González Gil

Email:luisjaime@antropomedia.com

 

 

 

Referencias

Foucault, M. (1973). El orden del discurso. Barcelona: Tusquets.

 

 

 

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